Por: Rúbila Araya
La
importancia de sus víctimas y la alevosía sus actos lo
convirtieron en el más temido de su tiempo, pero su misteriosa
personalidad y la tela de dudas que cubrió los acontecimientos
en los que estuvo envuelto, hicieron de él uno de los criminales
más atractivos de la historia
Cuando Valparaíso,
-hoy lleno de visitantes deseosos por disfrutar los atributos que hace
poco lo convirtieron en un patrimonio de la humanidad-, vivía
sus episodios más añorados de prosperidad. Cuando la escena
estaba dirigida por el progreso, y sus protagonistas eran exitosos empresarios,
que desde lejos habían venido a asentarse en la ciudad…
un enigmático personaje se incorporó al reparto, provocando
temor y revuelo popular, y poniendo en jaque la existencia de estos
renombrados hombres de sociedad.
Es el ya casi mítico
Emile Dubois, quien en su tiempo se convirtió en un tema común
en la opinión pública, al parecer, no sólo por
el número de sus víctimas, sino más bien, debido
a la posición social de éstas, ya que, probablemente,
si se hubiese tratado de pobres y simples ciudadanos, la conmoción
causada en los medios de comunicación de la época y el
interés del sistema judicial por resolver el caso, no habría
sido tal.
“Un nuevo asesinato
ha venido a agregarse a la larga lista de los crímenes alevosos
de que en el último tiempo se ha hecho víctimas a personas
conocidas del vecindario de Valparaíso...
…Es así
este crimen la repetición de los demás de que han sido
víctimas personas de posición en Valparaíso y que
por desgracia, han quedado sin esclarecimiento y sus autores en la más
completa impunidad”. (El Mercurio, 8 de septiembre de1905).
Pero más
allá de la connotación social que pudo haber dado aún
mayor realce a los actos atribuidos a Dubois, hubo un factor determinante
en la consecución de su popularidad y en el hecho de que hoy
sea uno de los asesinos más famosos de la historia criminal porteña,
y por qué no decirlo, nacional, éste es su extremadamente
atractiva personalidad, la cual queda en evidencia en las muchísimas
crónicas que se escribieron a su respecto y las declaraciones
dadas por él mismo, publicadas en esos años por el diario
El Mercurio.
Los crímenes por
los que se responsabilizó a Emilio o Emile Dubois, -ya que nunca
se confesó culpable, ni se comprobó su participación
en todas las muertes-, fueron el de Ernesto Lafontaine, el único
cometido en Santiago, ocurrido en marzo de 1905 en su oficina de calle
Huérfanos; el del comerciante Reinaldo Tillmanns, el cuatro de
septiembre del mismo año; el del ciudadano alemán Gustavo
Titius, el 14 de octubre de 1905; y el del francés Isidoro Challe,
dueño de una tienda en calle Condell, el 14 de octubre de 1906.
Pero fue un acto fallido el que hizo caer a Dubois en manos de la justicia,
una tarde de junio de 1906, cuando un conocido dentista de apellido
Davies, en la puerta de su domicilio de Plaza Aníbal Pinto, puso
resistencia a un individuo, que al ver malogrado su ataque, emprendió
fuga por calles Melgarejo, Blanco y Errázuriz, para ser finalmente
capturado y llevado a la comisaría.
El aprehendido
declaró ser Emilio Dubois Morales, “injeniero en minas”
(nótese la ‘j’, estilo ortográfico de la época),
quien de inmediato fue vinculado con la saga de asesinatos y se puso
a disposición de la justicia. Su verdadera identidad nunca estuvo
del todo clara, decía a veces que era colombiano de padres franceses,
y otras, se identificaba como un ciudadano francés llamado Luis
Amadeo Brihier Lacroix, hijo de José Brihier y María Lacroix.
En una crónica
aparecida el 16 de junio de 1906 en El Mercurio, a propósito
de su detención, se lo describe como “de estatura mediana
y contestura bien organizada. Bigote y perilla rubia y peinada hacia
atrás. Su mirada y frente denotan altivez y audacia (…)
pedía dinero prestado, valiéndose de mentiras más
o menos hábiles a muchas personas, y había adquirido entre
no pocos la fama de petardista”.
A partir de las primeras
informaciones sobre Emile, el personaje comienza a crecer con las historias
cada vez más fantásticas que le atribuyen a su trayectoria,
convirtiéndolo desde ese entonces en toda una leyenda.
“Su personalidad,
a medida que se van acumulando detalles sobre ella, va adquiriendo tintes
más enérjicos. Se le cree autor de un asesinato alevoso
en Oruro; de haber asesinado a los señores Lafontaine, Tillmanns,
Titius y Challe, y, por último, autor de otro crimen en el sur
del país, adonde llegó como colono. Ha sido jefe revolucionario
en Colombia. Ha estado en África, en Europa, en Arjentina…
El misterio que aún
rodea a los crímenes que vinieron sucediéndose en Valparaíso,
le da todavía mayor carácter de personaje de novela”.
(El Mercurio, 3 de julio de 1906).
El indicio que terminó
por inculparlo, fue un reloj Waltham que había pertenecido a
Lafontaine y que con el nombre de Luis Brihier, habría empeñado
en la agencia “La Bola de Oro”. El proceso a cargo del juez
del crimen de Valparaíso, Santiago Santa Cruz, fue implacable,
y ni el indulto que su abogado pidió al presidente Pedro Montt
y que el Consejo de Defensa del Estado le negó por una mayoría
de nueve votos, lo salvaron. Emilio Dubois fue condenado a muerte por
el homicidio de Ernesto Lafontaine.
Durante su espera en la
cárcel de Valparaíso, ocurrió el terremoto del
16 de agosto de 1906, debido al tumulto y destrozos corrió el
rumor de que el peligroso criminal se había fugado, por lo que
“se dio orden de hacer un rejistro, encontrándosele debajo
de unas latas completamente transformado, y abrigado con un poncho.
Además, se había afeitado la pera, para desfigurar el
rostro. Los grillos y las esposas habían sido limados. Interrogado
en el acto, contestó que un compañero de prisión
le había proporcionado un poncho y un sombrero y que había
hecho limaduras; pero que no tenía intención de fugarse”.
(El Mercurio, 25 de agosto de 1906).
Dubois permaneció
entre rejas hasta su ejecución, la cual se llevó a cabo
no sin que el día anterior el reo contrajera matrimonio con Úrsula
Morales, la madre de su hijo. Se cuenta que la madrugada del 27 de marzo
de 1907, minutos antes de cumplir su fatal sentencia, Emile tuvo un
conmovedor último encuentro con su familia; posterior a eso,
Úrsula se retiro a una casa cercana a la cárcel, desde
donde se escuchaban sus desgarradores lamentos, simultáneamente,
en la entrada del recinto, su inocente pequeño recibía
contento las monedas que por lástima le daban los asistentes
al macabro espectáculo.
El que casi cien años
después se convirtiera en un popular santo milagroso, ya en el
banquillo de fusilamiento, se negó a que fueran vendados sus
ojos y se dirigió a los curiosos presentes, diciendo: “Se
necesitaba de un hombre que respondiese de los crímenes que se
cometieron y ese hombre he sido yo. Muero, pues, inocente por no haber
cometido yo esos crímenes, sino porque esos crímenes se
cometieron. Ejecutad”. (Emile Dubois, en El Mercurio, 27 de marzo
de 1907).